lunes, 2 de abril de 2007

Cartas de amor

De todas las cartas (género literario "Carta de amor"), las dirigidas a los amantes, esposas/os, novias/os, y un más extenso del imaginado etcétera, de las personalidades del mundo, existe un descenso general en el nivel de escritura. Aprovecho la tenue conclusión para dejar de leer el libro con recopilaciones de carta de amor que tan alegremente compré días atrás. Antes, releo las impresiones escritas en los espacios blancos de las hojas, y ahí ya no estoy tan segura del descenso.
En la antología, Nicolás Guillén abre el juego con su poema "A veces": A veces tengo ganas de ser cursi / para decir: la amo a Usted con locura. /A veces tengo ganas de ser tonto / para griar: la quiero tanto! / A veces tengo ganas de ser niño / para llorar acurrucado en su seno. / A veces tengo ganas de estar muerto / para sentir desde la tierra húmeda de mi jugos, / que me crece una flor rompiéndome el pecho, / una flor, y decir: esta flor, / para Usted. Cuánto dolor, cuánto beneplácito!La de Henry Miller a Brenda Venus, donde en una primera carta le dice que a causa de su artritis y esclerosis pasa mucho tiempo en la cama y que -por lo tanto- deberá recibirla en pijama y en bata; y en una segunda le confiesa que lo ha embrujado esta mujer, a sus ochenta y tantos años.
Por otro lado, nunca imaginé que Jean Paul Sartre llamara "mi querido castor" a Simone de Beauvoir. Y la carta de Hermann Hesse, explicándole a Renata Schweitzer que cumplió el deseo de ella de quemar sus poesías, a pesar de sentir pena por hacerlo, me acercó un halo de sensatez, pero siempre pensé que Hesse era sensato, siempre (si bien en esta carta no hubo sorpresas me quedé pensando en que si hubieran sido buenos los poemas, no los hubiera quemado -¿o si?-)
La correspondencia de Juan Rulfo escribiéndole a Clara, contándole que ya se fueron las nubes y -en una interacción coherente entre espiritualidad y lucidez- le dice que la ama. Le propone que ambos peleen juntos contra el miedo, por ejemplo. Y me gustó que haya finalizado con la promesa de decirle todo lo que desea decirle más adelante y en secreto.
La carta de Henry Miller a Anaïs Nin, donde le aconseja olvidar la cordura, que se despidió de ella pero con un fragmento de su persona pegado a él... donde le dice que aún la oye cantar en la cocina y que aún la ve poner los discos una y otra vez, fue la última que leí. Miller se despide de Anaïs Nin con esta frase: "El insaciable deleite de la experiencia".
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La última que leí me fue bastante interesante por la organización. Es la carta de Sigmund Freud a Martha Bernays. En la primera parte le explica cómo se siente, que no logra aún darse cuenta de lo que es "lo nuestro", en la segunda parte le adelanta lo que harán y hablarán cuando se encuentren la próxima vez; una larga carta donde Freud recuerda anécdotas relacionadas a "lo nuestro". Es notorio que esta relación le cuesta, porque finaliza con un "no te olvides del desdichado al que hiciste tan increíblemente feliz". En fin...
Esta forma de inmiscuirme en la forma de vivir el amor de algunos de mis autores preferidos no me provocó el placer que esperaba, pocos datos jugosos de vida, menos fuerza literaria, y demasiada vidriera para la intimidad. Tanto interés suscitado, para tan poco resultado. Demasiada expectativa puesta en un misterio supuesto que no fue develado con lo que hay; no es la misma categoría artística de la obra de cada uno de ellos, no señor. Será tal vez que existe un solo interlocutor, el destinatario de la carta, y mi mirada polizonte no alcanza a cubrir el sentimiento, porque esa carta estuvo precedida por gestos, por actitudes, por acciones, por encuentros en común, en los que no me tocó participar (ni a ningún otro lector que, como yo, se puso a leer las cartas)
Dejado el libro por ahí, me puse a pensar en que la diferencia estriba en que estas cartas de amor, el escritor no las escribió para la posteridad, las escribió para 'su' amor. Entonces, el resultado es que esa carta poco me importa, que mucho más me importa la obra de ese escritor admirado por mí. Que me da pena pensar que es cursi o almibarado alguien que es un genio en la narración, en el ensayo, en la poesía, en la novela, en la investigación, en la pintura, en el arte... Que el valor documental de este tipo de literatura es a fin de formar parte de la biografía del autor, como una parte de la reseña de su vida personal, supongo. Pero que no es, definitivamente, lo que yo andaba buscando (y me alegro de no sentirme como una fisgona)
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Claro, una cosa bien distinta es el género epistolar. La carta de amor como obra literaria es un juego y un testimonio de vida a la vez, donde el autor sabe que escribe para el destinatario, pero también escribe para miles de miradas que pueden leerlo (el universo de los lectores) Esta forma literaria actúa como un simulacro de intimidad que convierte al lector no-destinatario en intruso permitido de un espacio privado ajeno a él, pero donde todos (escritor, destinatario y múltiples lectores) saben que pueden hacerse de un hueco para permanecer y participar. La incomodidad del usurpador es rápidamente olvidada por el placer que produce la lectura, en este caso, desde el mismo momento de la escritura. Aquí todos saben que cualquiera puede leer la carta de amor. Es más, para eso está escrita!
En la otra forma, cuando se escribió la carta, el autor no intuía que alguien más que el destinatario iba a leerla.
Si bien en ambas perdura la necesidad de hablar del amor y del desamor, del encuentro del amor y del desencuentro del amor, de la ida del amor y de la venida del amor... mientras una carta de amor insta al lector a que sea, a la resignificación amorosa y al reconocimiento de sí mismo en las líneas; la otra carta de amor, nada, es para el ser amado, y lo demás sobra.

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.MabelBE / Hay cartas de amor y cartas de amor

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